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sábado, 14 de mayo de 2016

La mano y el laurel: derechos siniestros


Por una extraña asociación de hechos, y en medio de la tormenta de indignación que ha desencadenado las ­–cada vez más cotidianas– denuncias de violación a los derechos humanos en nuestro país, me surgió la duda histórica de saber en qué agujero de qué desierto esconde su cabeza estrutioniforme la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH); valga la comparación con la graciosa ave que bien sabemos no vuela, pero cómo corre.    
En las tragedias recientes de México apenas si ésta asoma el largo cuello, olfatea el aire en busca de omisiones y responsabilidades, hace como que se indigna, emite recomendaciones (pía, dicen algunos) y desaparece en el confort de su brecha burocrática. Para muestra una pluma: en su portal informático abundan las recomendaciones a presidentes municipales abusivos, instancias menores de gobierno, inadecuada atención hospitalaria y una que otra detención arbitraria. Eso sí, hay programas bien estructurados de atención especial a discapacitados, trata de personas, migrantes. Y aunque no hay casos menores de violaciones a los derechos, ni grupos que no merezcan la protección a su vulnerabilidad, uno se pregunta: ¿dónde están los apartados, los informes especiales, los resultados de aquellas recomendaciones sobre asuntos dolorosos de nuestro presente: guardería ABC, muertas de Juárez, Tlatlaya, Tanhuato, Ayotzinapa? En el mejor de los casos, algunos aparecen sólo como simples expedientes de “Violaciones graves”, y otros apenas han merecido escuetos comunicados de prensa; la mayoría de ellos con estatus de “en trámite”, que es una manera delicada de decir: “Ni nos pelan”.
En Puebla esta práctica soterrada se reproduce en manga ancha: la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Puebla emite tibias recomendaciones ante los abusos del poder político (estatal y municipal), reacciona ofendida ante la crítica de su parcialidad que hacen legítimamente las organizaciones no gubernamentales… y esconde la cabeza. En este contexto, no puede uno resistirse a la tentación de pensar que en las dependencias oficiales circula de mano en mano un papelito con esta máxima impresa: “Las recomendaciones se hicieron para ser incumplidas”.  
La tarea reveladora de las ineficiencias del sistema de justicia que se denuncia –cada vez más– por una ciudadanía agraviada, y hoy reforzada por la visita oportuna de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para el caso de los normalistas desaparecidos, permite reinterpretar la semiótica del logotipo de la CNDH: una blandengue mano enguantada emerge del laurel para alcanzar una moneda relumbrante.


La Idoneidad (noveleta evaluativa)

En La comedia humana, Balzac hace desfilar en diversas escenas de la vida parisiense a multitud de personajes “emergentes” que bien podrían equivaler al papel de “extras”; no tienen peso, perfil ni fuerza, y la mayoría de veces ni nombre. Todos existen a condición de no complicar los designios de los personajes centrales, llámense éstos Eugenia Grandet, Bianchon, Petrilla… Es decir, cumplen una función de mera utilería a lo largo de la vastísima obra del escritor francés. 
Como esos personajes irrumpe en la escena educativa nacional, La Idoneidad; cortesana de ambiguas y esquivas aptitudes y actitudes que, a falta de un lenguaje oficial verdaderamente pedagógico, suple de manera insustancial el reconocimiento de la labor docente. Contrariamente de lo que se argumenta en las esferas de poder, la manera de calificar el desempeño profesional de los maestros sigue siendo una aberración del concepto de “evaluar” (significado muy lejano al nulo entendimiento de la clase política). Hablamos de una Idoneidad nacida para perder, pues el sentido pedagógico que la Reforma Laboral (en Educación) pretende darle, es en la práctica sólo un engañoso bono de rendimiento que no alcanza, ni remotamente, a enmendar  las deficiencias del sistema educativo nacional. Ser  idóneo (o no) para determinada función magisterial es entonces producto de una exigencia utilitarista –y ya sabemos quién le dicta al gobierno federal las reglas de la productividad y el desarrollo económico–  y no resultado de una política formativa, transparente, de asignación de plazas a los docentes.  
La Idoneidad no es un instrumento de calificación novedoso; pertenece a ese lenguaje ochentero de la “Nueva Cultura Laboral” que hacía creer a empleados y patrones que todos éramos uno mismo, que patrocinaba un mundo de armonía donde entre descansos se cantara al unísono –y tomados de las manos–  el “Himno a la alegría” en versión Pepe y Toño: todos podemos ser  empresarios y ricos (menos los pobres). De esa aberración surgida de los organismos empresariales internacionales nacieron otros oscuros personajes como la Competitividad, el Emprendedurismo, la Calidad, el Liderazgo; todos volcados en una noveleta de la peor manufactura imaginable.

¿Cómo revertir entonces el carácter maniqueo de un concepto (lo idóneo) copiado burdamente de contextos educativos externos (porque ya se vio que Islandia, Cuba y Suiza no necesitaron de los dictados de la OCDE para ser la vanguardia educativa del planeta) y que sólo ha servido para dividir y acrecentar el conformismo laboral entre los maestros? Sin duda haciendo que La Idoneidad sea personaje central de una reestructuración total de la clase política (de Los Pinos para abajo, pasando por Casa Puebla). Una mirada furtiva a los enroques del gabinete estatal nos da claras y breves pistas: secretarios de Educación que son de Gobernación que son de Salud que son de Seguridad que son Diputados (quizá no en ese orden); donde una verdadera evaluación daría como resultado algo que podría llamarse Aidoneidad, Antiidoneidad o una Idoneidad Contranatura. Y de paso hasta título de novela gubernamental tendríamos: La insoportable Idoneidad de no poder ser, pero esa es trama de otra ficción.  
La dama y el populista

No hay largometraje más hábilmente manipulador que aquél de Disney (1955) donde las irreconciliables contradicciones de clase se esfuman por obra del amor entre una cavalier king de la alta –de esas fufurufas– y un perro vagabundo, un “prole”, como diría una pretendida infanta. La correspondencia política de este argumento canino aparece en las sociedades latinoamericanas en la primera mitad del siglo XX con discursos de tipo paternalista como: armonía y paz social, asistencialismo, unidad nacional; que en nuestro caso se traduce hoy en oscuros proyectos de Estado tipo Mover a México, Cruzada nacional contra el hambre, Diconsa, Progresa; que no son sino nuevas formas de utilizar tácticamente la pobreza por medio del chantaje y la demagogia para acumular capital electoral (y del otro, por supuesto). O como diría el teórico Octavio Ianni hace más de cuarenta años: “el populismo instrumentaliza a las masas, al mismo tiempo que manipula las manifestaciones y las posibilidades de su conciencia”.       
El presidente Peña, amo y señor del eufemismo, pretendió hacer una diatriba del populismo en su  discurso ante la Asamblea General de la ONU el pasado 28 de septiembre. Pretendió, pero –como sucede siempre con su retorcida oratoria– dio origen a más burlas que reflexiones. Un discurso que en otro contexto bien pudo ser hasta incendiario; se me ocurre una reunión nacional de jóvenes priistas o los congresos ordinarios de la CNOP o la CTM. Y hasta le hubieran aplaudido.
Algunos teóricos del análisis del discurso (Genette, Van Dijk) afirman que los elementos indispensables de un correcto ejercicio discursivo son narración, información, argumentación, deliberación…, y todo lo que carezca de ellos es mera apología de nulidad intelectual, simple oratoria de concurso. Pero a favor de Peña podemos decir que añadió un elemento a esta tipología: el mensaje cifrado. Veamos si no: cuando dice “Las sociedades deben estar alertas frente a quienes se aprovechan de sus miedos y preocupaciones”, uno de inmediato piensa en Luis Videgaray o la cámara de diputados, y ya entrados en efectos paranormales hasta podríamos imaginar el cuartel del 27 batallón de infantería de Iguala, ¿o no?
Contrariamente a lo que significó el populismo como expresión conciliatoria del cardenismo, el Estado mexicano ejerce hoy un paternalismo de baja estofa, llanero, timador, proxeneta, electorero; un populismo lumpen que sustituyó el componente ideológico por plasmas y banda para el populacho, un populacherismo.
Seguramente la comunidad internacional congregada en la ONU aquel día esperaba la confesión pública de una grave crisis de derechos humanos en México y se topó con una torpe alegoría sobre la paja y la viga, porque si lo primero hubiera ocurrido hasta disculparíamos la dislexia presidencial con su multilaterati… multiterism… mutilatel… eso.


Feminicidios: el discurso postizo


(¿Qué es lo último que oyeron, vieron, pensaron? ¿De dónde salió la daga, la detonación, la soga? ¿Es llanto o sangre lo que escurre por el filo de su último suspiro? ¿En qué baldío su aterida esperanza se asfixia o desangra? ¿Y ese flashazo del morbo no es también otra laceración? ¿Y esa mano que ejecuta no es la par de aquella otra que dicta un oficio y remarca “casos aislados”? ¿No son el silencio y la apatía una sábana mortuoria? ¿Quién responde?)
Los feminicidios de las últimas semanas en Puebla ocupan gran parte de las notas periodísticas y el reclamo ciudadano para decretar una alerta de género no se ha hecho esperar. Más allá de cualquier enfoque sociológico o psicológico acerca de las motivaciones criminales para atentar contra una mujer, existe la percepción de que no sólo estamos ante una completa incapacidad gubernamental para garantizar los más elementales derechos ciudadanos, sino ante un escenario de indefensión e inseguridad a escala sistémica.
Podrá el fiscal general Víctor Carrancá argumentar que se ha resuelto la mayoría de casos de feminicidios (aunque sólo reconoce 4 de los 15 denunciados); podrá minimizar una violencia que se desborda ya a los niveles de Ecatepec y Ciudad Juárez declarando que se ha capturado en la mayoría de asesinatos a los responsables, y que la suma de todos no da como resultado una agresión sistemática contra la población femenina, sino una politización de varios “casos aislados”; podrá, incluso, en connivencia con la legislatura local y la Comisión Estatal de Derechos Humanos, aplazar el decreto de una alerta de género en el estado, pero todo eso no alcanza para responder una cuestión central: ¿no son acaso los feminicidios, las desapariciones, la trata, el lenocinio, expresiones de la corrupción y la impunidad que tolera un sistema de justicia –ese sí– vilmente politizado?
Es obvio que el gobierno estatal se niegue a declarar una alerta de género, pues sería tanto como exponer públicamente las ineficiencias, incapacidades y descomposición de las instituciones encargadas de garantizar la justicia y la seguridad (cosa que en tiempos electorales equivale al suicidio político), sin embargo, la sociedad debe ir más allá de la exigencia de una simple declaratoria, de un protocolo que ni siquiera ha probado su efectividad; debe expresar por todos los medios posibles su rechazo a las políticas inmediatistas y fortuitas con que el gobierno pretende ocultar a las muertas y desaparecidas entre discursos y declaraciones triunfalistas.

En un contexto generalizado de violencia y atentado contra los derechos humanos en Puebla, los feminicidios son otro doloroso ejemplo de que una es la mano que ejecuta y su par la que maquilla desde las instituciones el terror cotidiano. ¿Quién responde?
El síndrome de Masiosare


Viejo chiste aquel que empalmaba ingeniosamente la conjunción adversativa “mas” con el verbo “osar” para bautizar con nombre propio al “extraño enemigo” de nuestro belicoso himno. Viejo pero cruel chiste que se ha vuelto el recurso oratorio por excelencia de un Estado mexicano que, si no fuera por su cuestionado laicismo, estaría en vías de canonización.
Desde que en 1968 Díaz Ordaz estigmatizó el movimiento estudiantil con su labia (no es mi culpa si lo de labia remite al lector a bocón) en frases como: “De algún tiempo a la fecha a nuestros principales centros de estudio se empezó a reiterar insistentemente la calca de los lemas usados en otros países”, y la clásica de que “agentes externos y enemigos de la patria financian la agitación”, el recurso de Masiosare –la victimización del Estado y las instituciones– ha pasado a ser materia curricular en el discurso oficial. Esto da una proporcionalidad casi cartesiana: a la invención de más factores y enemigos externos, menor responsabilidad gubernamental ante sus fallas sistémicas. O en palabras coloquiales: tiran la piedra y esconden… al procurador o al secretario.  
En la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, el Estado expresó su síndrome como un brote delincuencial, casi obra de pirómanos; una autopsia a cielo abierto pero sin cuerpos, donde la complicidad terminó por contradecir todas las versiones de un anestesista “cansado”.     
Lo económico no es ajeno a estos indicios: a decir de Videgaray, la crisis monetaria es ocasionada por las fluctuaciones y la inestabilidad macroeconómica, pero en su reciente informe, Peña declaró con orondo eufemismo: “mantendremos la estabilidad macroeconómica”. ¿Por fin, en qué quedamos? 
En el ámbito estatal, el síndrome de Masiosare es más bien pan de todos los días: los habitantes de Chalchihuapan fueron culpables de la represión gubernamental al dejarse manipular por grupos políticos, por llevar niños y cohetones a una manifestación y por querer conservar (necia y retrógradamente) el registro civil en su comunidad. Y aquí el masiosarenismo tomó tintes hasta científicos: hay periodistas y comunicadores que aún defienden que la Teoría de la Onda Expansiva de herr doktor  Carrancá fue un descubrimiento tanto o más importante que la Teoría de Cuerdas del físico francés Jöel Scherk.
En esta lógica, todo se reduce a vulgares proposiciones: lo que no es factor externo es caso aislado, lo que no es crimen político es robo, lo que no es masacre es descomposición del “tejido social”, lo que no es saqueo es modernización de espacios públicos, y hasta lo que no es feminicidio es crimen pasional.

El Estado mexicano ya agotó su reserva hipocondriaca, le quedaría como último y digno recurso la aceptación ética de su incapacidad para otorgar bienestar y seguridad, pero su síndrome es más bien la evidencia de que pasó de “extraño” a ser el peor enemigo.  
Cholula desollada


Con un magistral juego de tiempos y entreverados personajes, Carlos Fuentes inicia la que para muchos es su mejor novela, Cambio de piel (1967), teniendo a la Cholula sagrada como el núcleo narrativo donde se gesta una de las más grandes traiciones de la historia: la conjura conquistadora sella las puertas de la ciudad, suelta los demonios del saqueo y la matanza, y comienza el desuello de la herencia monumental.
Pero no se piense que el saqueo cesó; al soldado que a punta de ballesta se abrió paso para derribar ídolos y piedras, han seguido los proyectos mortuorios de la Ley de expropiación aprobada por el Congreso del Estado en 2014, sus buldóceres impacientes por despellejar la historia, sus jueces a modo, sus triquiñuelas jurídicas para resquebrajar todo vestigio opuesto a la “modernización” morenovallista. Una Ley que no sólo ampara el pillaje sino lo promueve en nombre de la “utilidad pública”; concepto que en el ámbito de las expropiaciones gubernamentales sólo puede entenderse como plusvalía financiera generadora de deuda pública.   
Pero, ¿cómo se explica, más allá del vil despojo, esta salvaje comercialización de espacios patrimoniales prehispánicos o coloniales? Quizá sirva recordar el modus operandi de otras intervenciones a la heredad arquitectónica e histórica poblana que ha perpetrado el gobierno de Moreno Valle: expropia, demuele o excava sin previa notificación a los pobladores o autoridades locales, prepara la defensa jurídica de su “proyecto modernizador” (que para esa hora no se ha dado a conocer) y, seguro de ganar las controversias contra un INAH federal cada vez con menos potestad jurisdiccional (el INAH-Puebla se teje aparte; en estos asuntos no ha pasado de ser un tapete –artesanal, eso sí– muy lucidor), inicia sus obras contra viento y marea; cuando ya es más que estruendoso el rugido de las excavadoras y las estructuras están a medio demoler, entonces, y sólo entonces, hace público su “proyecto”; es decir, el camino inverso de la legalidad. 
La pregunta es: si hay un interés genuino del gobierno por preservar las zonas arqueológicas del territorio poblano, ¿por qué no hay proyectos de rescate –por ejemplo– para Manzanilla, Cantona, Tepalcayo? (Y aquí un diablillo interior susurra: “Calla, no des ideas, no-des-ideas; no olvides que estás ante la mano que mece la palanca de las demoliciones”). La respuesta es de esperarse: Cholula –las Cholulas–, la sagrada, la desollada y desoída, es hoy el codiciado tesoro de la zona metropolitana Puebla-Tlaxcala, la cuarta región más importante según INEGI en términos poblacionales y económicos en México; nada más. De ahí la maquinaria absolutista arrasando derechos civiles, la farsa legal, la enconada persecución contra los opositores a este nada “público” proyecto modernizador. Y de ahí la urgencia de detener la marcha de esta tenebrosa reconquista.




sábado, 5 de abril de 2014

REVUELTAS, HIJO DE HOMBRE


Déjenlo así, apandado, con sus perros emancipadores y sus árboles melena de león; no lo encumbren (enloden) en letras de oro ni en sarcófagos editoriales; está bien así, amurallado en agua, emergiendo de bíblicas borracheras, ejeleado; que no empasten en lujo ahora su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, luego de que se leyó casi clandestinamente durante décadas; que no inviten a sus viudas, amantes, prostitutas a pontificar en el Senado; que no lo vendan otra vez los judas electoreros –¿ahora por cuánto: treinta distritos, treinta diputaciones?–. Déjenlo así nomás, porque santo que no es perseguido es homenajeado.








lunes, 30 de diciembre de 2013


CARTA HALLADA ENTRE LAS PÁGINAS DEL “ANTI-DÜHRING”

(circa 1990)

JJA

 

Puedes renegar de la clandestinidad de aquellos años

mostrando tu credencial de elector y tu cartilla militar;

puedes burlarte del llanto que te provocaban

los poemas de Nazim y las canciones panfletarias;

puedes renegar del obtuso discurso de opresores y oprimidos,

enaltecer la armonía social, la negociación y los acuerdos;

puedes refutar las endebles tesis filosóficas de Mao,

reírte del seudónimo y las idioteces de juventud;

puedes, si quieres, negar con todo derecho lo que fuiste

y renegar de cuanto creíste. Puedes.

Pero no puedes pasarte al bando de quienes combatiste

a costa de tu vida y de la mía,

porque entonces esta carta dejará de ser para ti,

con todo lo que eso implica. Y esto lo sabes.

 

domingo, 12 de agosto de 2012


LAS VISITAS DEL ÁNGEL/II

[JJA]

Mucho de lo que pasó hoy no me extrañó en lo mínimo. Vino antes de las diez; tenía prisa, dijo, y no estaba para respetar protocolos. Traía un documento que según él era la resolución del tribunal electoral validando la elección presidencial. Me lo entregó, dio media vuelta, tomó impulso y…: “Toma tu laptop, ve por el mundo y difunde la verdad”, alcancé a oírlo cuando ya iba rebasando en altura los cables de luz. Como se sabe y adivina, ninguna de las demandas para anular esa elección prosperaron; las cientos de miles de impugnaciones traían escrita a un lado la leyenda “No procede”. Lo cual no me extrañó. Tampoco me extrañó el hecho de que en la prisa por hacer oficial el dictamen, el Tribunal lo hubiera impreso en papel membretado del PRI. Lo verdaderamente extraño fue que esta vez vi al ángel volar. Lo juro.

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Intuye que estoy molesto. Me observa, me ronda y me hace estornudar cuando sus alas rozan mi nariz, pero no se decide a preguntar nada. Es la ventaja de tener a ser tan espiritual al lado. Después de merodear un rato, toma la iniciativa: “¿Sigues pensando en el asunto de la imposición?”; su tono es conciliador, amable, como no queriendo despertar la ira que crispa mis dedos. Al no obtener respuesta insiste con una larga perorata que poco a poco va subiendo de tono: “Entiendo tu molestia, tu indignación, pero ¡ya! Los insultaron, los defraudaron, los timaron; el sistema electoral es una porquería, las televisoras son una mierda, y Calderón y Peña unos pendejos, pero…  ¡ya! ¡Sal de ese estado! Así no puedes pensar con claridad. ¡Sí, ya lo sé: te duele ver a tu país en manos de estos pinches mercaderes, sepulcros blanqueados, nido de víboras!, pero… ¡ya basta! ¡Reacciona, carajo!”. Miro mis dedos estrujados y me mantengo estoicamente en silencio. (Ni modo que a estas alturas de su impetuosa apología le salga con que en realidad estoy encabronado porque en su majestuoso vuelo de ayer pasó desconectando mi instalación de Megacable).

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Todo el santo día se la pasó frente a la computadora. No entiende mucho de urbanidad ni buenas maneras, mucho menos de necesidades laborales. Así que pasé frente a él varias veces llevando y trayendo papeles, libros, esbozos, para llamar su atención sobre el hecho de que debía trabajar y, por tanto, ocupar la máquina. Ni me volteó a ver. Siguió tecleando con ímpetu celestial. No quise alargar esa incómoda situación y con los mejores modos le pregunté si tardaría mucho aún en sus búsquedas. “Ya terminé, por si ibas a preguntar, te informo que estuve tratando de comunicarme en la página del arzobispado con Norberto Carrera, con el obispo de Oaxaca, con el de Tehuantepec, con algún párroco común y corriente que me aclarara por qué excluyen y hostigan al padre Solalinde. Pero nadie contestó.” Aunque adivino la respuesta, me aventuro con un “¿Y por qué no los visitas?” Pero él ya está en otra tarea; saca dos hojas de la impresora, las mira abatido y responde sin quitar la vista de ellas: “Porque ya no están aquí los que me escuchaban.” Y sale esta vez caminando, cabizbajo, alicaído. Voy hacia la pantalla para salir de dudas sobre las misteriosas impresiones que dobló y guardó con tanto celo y veo dos fotos viejas: uno es Sergio Méndez Arceo, el otro Samuel Ruiz.
[para el padre Alejandro Solalinde, por su pronta recuperación]


Hoy noté que con la luz del sol se le hinchan las alas. Estuvo un buen rato sentado de espaldas al ventanal leyendo “El libro de horas” de Rilke y no se levantó hasta que le hice notar que sus alas ya parecían almohadas. “Cierto, se me olvida que la radiación solar cae sobre ustedes como una cuchilla”, dijo incorporándose. No quise hacer mucho caso a su punzante comentario, pero reviré sólo por solidaridad terrestre: “Sí, gracias al crecimiento desmedido y deshumanizado de los grandes capitales financieros que, por cierto, son bendecidos desde el Vaticano.” Sonrió. Me ha dicho que le parece patológico mi anticlericalismo, pero que no me ubica ni como ateo ni como agnóstico. En fin, este paréntesis anecdótico tiene que ver con lo que vino después. Cuando pensaba que nos enfrascaríamos otra vez en una disputa teológica, dejó el libro de Rainer Maria en la mesa y me soltó a bocajarro: “¿Sabes por qué sus esfuerzos por evitar la Imposición siguen siendo tan frágiles?” Lo miré esperando una revelación política que echara abajo todas las teorías revolucionarias, pero estúpidamente me salió un débil “¿Por…?”. A lo que respondió tomando ahora del librero “La educación sentimental” de Flaubert y diciendo mientras pasaba con vehemencia cada página: “Porque están indignados, pero les falta la exaltación ilimitada y creativa de la ira. Escucha –y citó con énfasis casi presbiterano–: ‘Las emociones extraordinarias producen las obras sublimes’”. Lo vi sentarse otra vez de espaldas al ventanal, pero esta vez me di cuenta que sus alas no se hinchaban: crecían.








viernes, 3 de agosto de 2012


LAS VISITAS DEL ÁNGEL [1]

[JJA]

Normalmente me habla desde la ventana, con ese tono gutural que le confiere su estado etéreo; pero hoy tocó el timbre de mi casa repetidamente antes de las diez de la mañana (cosa que tiene prohibida desde que lo reprendí severamente: “Nunca, óyelo bien, nunca me despiertes antes de las diez de la mañana a no ser que se esté acabando el mundo; y eso si hay posibilidades de que me salve, de lo contrario ni te molestes.”) Me extendió un sobre a través de la reja y abordó apresurado el taxi que lo esperaba. “Las causas de nulidad abstracta para las elecciones presidenciales son una trampa burocrática: no existe de facto manera legal de echar para atrás la resolución del Tribunal Electoral; toma tu laptop y huye al desierto”, decía su recado apresurada pero divinamente escrito. Y yo –iluso– que la noche de anoche sólo le había pedido que me diera una señal de esperanza…

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 Está acodado en la ventana, pensativo. Examina con curiosidad (¿cómo si no?) el control de la tv mientras espera que yo vuelva a ser yo. Son las 9:58 y se sabe respetuoso de nuestro pacto. “¿Qué haces?”, le pregunto dos y medio minutos después. “¿Por qué la toma de Televisa?”, me interroga sin más, de sopetón, como si trabajara en la PGR o algo así. Mientras me dirijo a la cafetera y a la cajetilla de cigarros lo voy adoctrinando: “Esa empresa y todas sus filiales representa lo más vil del poder mediático y enajenante. En México, según los Datos Generales sobre el Uso de la Televisión
y de la Audiencia del Tec de Monterrey, 94% de los hogares cuenta con televisor;
las familias pasan un promedio de 8 horas diarias frente a ese aparato; es decir, los padres ven más la televisión que a sus hijos y los hijos conviven más con la televisión que con sus padres.” “¿Y eso qué significa?”, pregunta ya más relajado y ahuyentando el humo de mi cigarro con sus saludables alas: “Significa –le digo quitándole el control de la tv para encenderla y ver si dicen algo de la toma pacífica de ayer– que el poder de Televisa y TV Azteca, las únicas cadenas con cobertura nacional, es un poder real, de peso específico, dictaminador, sancionador, teledirigido; no proponen una visión de la realidad, disponen la forma de ver esa realidad.” Se levanta y me mira con curiosidad (¿cómo si no?): “¿Y por qué no simple y sencillamente dejan de verla?”, me dice mientras corre las cortinas para que entre la luz, “es como las llamadas a misa, el que quiere va y el que no, pues no”, concluye. “Exacto –le digo–, ya empezaste a entender; visto así la televisión es un culto más poderoso que el tuyo. ¿No deberían estar preocupados ustedes también?” Ya no me responde. Está redactando furioso una carta para No Sé Quién.    

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 Amaneció como loco. Me despertó su bulla en la sala: revolvía libros, jalaba muebles, abría cajones, mentaba madres. Camino a la cafetera pasé mirando de reojo su desorden pero no me atreví a cuestionarlo; es lo que menos se debe hacer ante un ángel endiablado. “¡Una encíclica Rerum Novarum! ¿¡Dónde carajos tienes una Rerum Novarum!?”, escuché su cavernosa voz venida desde la nariz metida entre las “Confesiones” de san Agustín y los “Pensamientos” de Pascal. Para no alterarlo más le dije pausadamente que no contaba con ese texto religioso, pero que si me decía qué buscaba lo podría ayudar. “¿Cuándo aprobamos nosotros esa porquería del corporativismo? En las calles se grita que eso, la ignorancia y el miedo hicieron ganar al candidato del PRI. Por eso pregunto, ¿dónde chingaos dice que esas plagas las soltamos nosotros? ¡Eso sólo lo pudo hacer la Bestia apocalíptica! ¿¡Quién es y dónde está esa Bestia hija de puta!?”, dijo con militante vehemencia. Encendí la compu, lo jalé del ala hacia el escritorio, y le dije con desgano mañanero: “Escribe en esa barra ‘Pedro Joaquín Coldwell’ y le das enter”.

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 “Y ¿dónde está el virtual ganador de las elecciones?”, me pregunta haciendo énfasis en lo de “virtual”. De entrada se me ocurren varias respuestas: de vacaciones en Londres con el equipo de Televisa deportes, en un curso intensivo de lectoescritura con Aguilar Camín, practicando el inglés con Jorge G. Castañeda, renovando su guardarropa en compañía de Carlos Marín; en fin, cualquier cosa que lo mantenga alejado de un zapatazo, una mentada o de los cuestionamientos sobre su imposición. Me decido por un lacónico: “No lo sé, me vale madres dónde esté ese pendejo”,  pero al momento intuyo que tal respuesta no es apropiada para este diálogo casi fraterno que hemos entablado mientras vemos las olimpiadas.  Así que opto por algo más vago: “Lo ignoro, pero ¿importa acaso?”.  “Claro que importa –afirma señalando con ala de fuego hacia la pantalla–. ¿No te das cuenta que las televisoras siguen en campaña?: antes fingieron la presencia de su candidato, ahora encubren su ausencia”. Cuánta razón tiene Rilke: todo ángel es te-rri-ble.
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De plano hoy no tuvimos ganas de hablar. O yo no tuve ganas, mejor dicho. Y agradezco que él lo entendiera. Sólo me oyó murmurar cuando escuchábamos las noticias: “Ahora los que andan de pifia en pifia son los del PRD. Ayer el revés legal por usar sin autorización la voz de Carmen Aristegui, y hoy su presidente Jesús Zambrano sale todo persignado y modosito a deslindarse de las protestas contra ‘Soriana’. No cabe duda: estos demócratas liberales no se merecen ni el título de izquierda ni a la sociedad que al ver sus errores históricos ya los empezó a rebasar.” Sólo me oyó. Me oyó solo. Estudió mis gestos un rato y sin dejar de mirarme me dio una palmadita en la espalda (frase inexacta tratándose de un espaldarazo con el ala) y dijo sonriendo: “Anotaré esa frase para mis prácticas de vuelo: rebase a la izquierda por la izquierda. ¿Vemos el futbol?”. Y ya no hablamos.

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 “¿De casualidad tienes una trompeta por aquí?” Al momento imagino que quiere hacerle segunda al disco de Louis Armstrong que estamos escuchando, pero la razón me sugiere que tras su pregunta hay algo más trascendente. Así que le digo que no, que sólo tengo a la mano una guitarrita de juguete del Parián; respuesta suficiente para arrancarle el resto de su digresión: “Es que voy a salir a anunciar que tengo la solución para evitar el fin del mundo.” Volteo a verlo con la debida desconfianza y –como para darle importancia a lo que adivino será un comentario mordaz– le pregunto: “¿Y se puede saber cuál es esa solución?” Toma la guitarrita, ejecuta los tres acordes clásicos del tuntatachún y responde: “Es fácil: desplazar a la mayor cantidad de gente que se pueda hacia México el día de la ira del Señor. Aquí están curtidos para resistir lo peor; si han aceptado las vejaciones tan descaradas de la clase política, ¿no van a aguantar otra calamidad?” Y remató con las primeras notas de “Cielito lindo”.